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Elisa corría

  • 28 sept 2016
  • 2 Min. de lectura

Y ahí estaba Elisa, corriendo por la ciudad, corría, corría y nadie podía creer que realmente estuviera corriendo, nadie entendía por qué, ¿estaría buscando algo? ¿pero que? ella ya lo tenía todo: familia, belleza y riqueza. Todos creían que lo sabían todo sobre su vida y precisamente por eso no entendían por qué lo hacía. Elisa no tenía razones para correr.

Ella era la mujer más hermosa de su región, y todos la conocían por eso, incluso, muchas personas se acercaban a su casa sólo para verla, así tal cual como era, sin arreglarse, en su ropa más sencilla, la que usaba para pintar. Todas las mañanas las ventanas de la casa se veían invadidas de gente tratando de mirar algo de la encantadora mujer, pero nadie nunca la vio en el jardín, desde afuera no se podía ver ese misterioso lugar, y por eso no sabían por qué corría. Creían que en el jardín escondía sus secretos de belleza, y así era, pero cuando la alagaban y le preguntaban cuáles eran, ella, sin el mínimo gesto de emoción simplemente respondía que los cuidados de su esposo.

Elisa corría, corría y corría más, se le veía una tranquilidad en su rostro que nunca se le había visto, pero a la vez percibían los nervios invadiéndole el cuerpo y haciendo que sus piernas no dieran más.

Ella repetía su rutina diaria, se despertaba muy temprano, incluso antes de que amaneciera y mientras todos aún dormían se dirigía a su amado estudio, ese lugar donde todo se le olvidaba y se transportaba a otro mundo, donde se sentía más auténtica, más ella. El estudio era el lugar donde podía ser puramente Elisa. Un par de horas después salía de ahí y todo volvía a la normalidad. Tenía que volver a ponerse el mismo vestido con los tonos de la naturaleza, salir al jardín, alimentar a la misma ave de todos los días y seguir con su rutina.

El ave era su mayor tormento pero era el que le daba su elegancia, su riqueza, su belleza y su distinción, es por eso que tenía que alimentarlo sin falta, de lo contrario los miles de ojos alrededor de sus plumas en los que ella veía su reflejo, la iban a cambiar.

Aunque las piernas ya no le daban más y creía que se iba a caer, Elisa corría, corría y miraba el reloj, como si tuviera que estar en algún lugar o si la persona que la estaba esperando ya se fuera a ir. Pero nadie entendía quién podía ser, a Elisa nadie la tenía que esperar, ya ella los tenía a todos.

Y por fin llegó, y ahí estaba él, ese pavo real que la hubiera esperado hasta una eternidad. Pero no era un pavo como el del jardín, este era diferente, era blanco, completamente blanco, transmitía paz, era un blanco puro, como el de Elisa en su estudio siendo puramente ella. Este pavo también tenía ojos en sus plumas, pero en éste ella veía su verdadero reflejo. En ese momento todos observaron como Elisa cambiaba, su característica belleza desapareció, pero fue reemplazada por otra más genuina. Ella se montó en el lomo de su amado y voló hacia su libertad. Fue ahí cuando todos entendieron por qué Elisa corría.


 
 
 

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