Hacia Starbucks con Anna Wintour
- 9 nov 2016
- 4 Min. de lectura

Me desperté a las 4:50 de la mañana, sin necesidad del despertador dispuesto para sonar a las 5. Cuando abrí los ojos, aún estaba oscuro, y sentía que una bolita me subía y me bajaba del estómago a la garganta y del mismo modo hacia abajo repetitivamente. Tenía ese sentimiento de cuando uno empieza algo nuevo y desconocido: el primer día de colegio, de universidad, de trabajo, el día en el que te casas o que te vas a vivir a otro país; esa sensación de incertidumbre, ansiedad y emoción, que hace que la noche anterior no te puedas dormir y que al día siguiente te levantes lo más rápido posible sin un mínimo de cansancio. Era el día en el que entrevistaría a Anna Wintour. Sí, la misma.
Luego de alistarme, revisar una y otra vez las preguntas, practicar mi tono de voz, cómo movía las manos y respirar profundo, me encontraba al frente del escritorio de su asistente que me decía: -Adelante, Anna te espera.
Sentí que el corto camino que recorrí hasta su oficina había sido eterno mientras veía la totalidad de ese espacio sin puertas, con paredes cubiertas de pinturas, fotos y dibujos. Inmediatamente la vi ahí sentada, en su escritorio de madera oscura, con un vestido florido manga corta, un collar de cristales de colores que ya le había visto anteriormente y su representativo peinado que llevaba desde los 14 años. Me recibió gratamente con una educada sonrisa estirando su mano hacia mí. Le recordé que la entrevista la iría haciendo simultáneamente a su rutina y asintió. Me dijo que la acompañara a Starbucks ya que no había desayunado.
Mientras caminábamos hasta la puerta del 1 World Trade Center donde nos esperaba un carro, le pregunté si no había tenido tiempo de desayunar y me dijo que siempre tenía tiempo ya que se despertaba todos los días a las 5 am, hacía ejercicio, a veces juagaba tenis, su deporte preferido, pero luego prefería ir directamente a la oficina para organizar su día. Después de eso sí se dirigía a Starbucks o en el caso de estar muy ocupada alguien se lo llevaba, pero un café de ahí siempre era su desayuno. Al salir se puso sus famosas gafas Chanel negras y mientras nos montábamos en la parte de atrás del carro, ella siempre en el lado izquierdo, le decía al conductor: Suri, a Starbucks por favor. Aproveché para preguntarle si recordaba todos los nombres de las personas con las que trabajaba y me respondió: -Me intereso por los nombres de todas las personas con las que estoy, creo que es cuestión de cortesía saber con quién estoy hablando, así no me sea tan fácil recordarlos todos después, pero en el momento es muy importante. Luego nos dirigimos a una reunión que tenía con un diseñador nuevo y antes de bajar del carro cogió una chaqueta de cuero negro con piel de conejo y se la puso sobre los hombros. Me encantó y le pregunté de dónde era, me dijo que de Christopher Bailey para Burberry y continuó hablándome de él:

Es un diseñador admirable, a mi me gusta la gente que representa lo mejor en lo que hace, que son autosuficientes y que disfrutan de aprender. Christopher tiene todo eso, él ha trabajado con varios de los mejores y cree que debe seguir aprendiendo. Además, se involucra en todos los aspectos de su trabajo.
Mientras observaba la reunión me sorprendieron todos los consejos que Anna le daba al joven diseñador. Le decía que era muy importante que escuchara las opiniones de diferentes personas pero siempre siendo él mismo; que cometer errores y aprender de ellos era muy valioso y que había que aceptar el fracaso, así como el éxito. Hacía énfasis en la importancia de ser una persona decisiva, mostrar que se sabe lo que se está haciendo y siempre disfrutarlo.

Regresamos a las oficinas de Vogue y nos dirigimos al salón de edición en donde se encuentran todas las páginas de las cuatro revistas de los siguientes meses pegadas a la pared en miniaturas. Ahí veía a Anna parada con los brazos cruzados mirando panorámicamente la revista. Me di cuenta que cuando cruza los brazos es porque está pensando. Empezó a descartar algunas fotos, las que eran de looks completamente negros, mientras que me contaba sobre su fobia a las arañas y sobre cómo para ella planear una edición de Vogue era como organizar una gran fiesta, en la que mezclar personas diferentes es necesario para generar una conversación interesante.
Al llegar la tarde, me despedí de la mujer que dicen que es de hielo pero que no lo es, sino que es un misterio. Me fui con una percepción completamente diferente de ella, y aunque ya sin conocerla la admiraba, conociéndola se convirtió en un modelo a seguir. Pude confirmar que es la papisa de la moda, pero que también es increíblemente generosa. Aprendí que su color favorito son todos, que la flor que más le gusta es la tuperosa, que su libro preferido es “Orgullo y Prejuicio” y que no ve House of Cards porque todos los personajes son muy malos y no hay por quién ir. Y así fue como terminé uno de los mejores días de mi vida, con el corazón a punto de salirse pero con una satisfacción que siempre quedará.

Comentarios