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Cartas y Chanel No.5

  • 3 nov 2016
  • 2 Min. de lectura



Las imágenes de una guerra. Imágenes que quedan en la cabeza, imágenes fuertes. Cuerpos por doquier que esperaban en casa pero que nunca regresarán. Niños en pijamas de rayas que son forzados a hacer trabajos inhumanos y a ver cómo sus padres y sus seres queridos van desapareciendo. Soldados arriesgando sus vidas para defender su país y sus creencias.

Estos mismos militares tratando de descansar en pequeños campamentos con el arrullo de explosiones y tiroteos; y, en sus maletas, junto a cantimploras, armas, tal vez una que otra carta y algo de comida, una caja de Chanel No.5.


La vanidad, aunque parezca irrelevante en muchas situaciones, siempre ha sido de gran importancia, tanto para las mujeres como para los que las rodean. Ésta hace que ellas se sientan confiadas, femeninas y en control de su apariencia, algo imprescindible en tiempos de guerra, ya que el gobierno intervenía en el resto de aspectos de la vida de las personas; arreglarse a su antojo era el último gramo de dominio que tenían sobre ellas mismas. Sin embargo, no sólo lo hacían por mantener su orgullo y no dejar a un lado su estética, sino que también era una de las formas en las que podían ayudar a su país en la lucha que se llevaba a cabo.

Adolf Hitler, el principal enemigo de naciones como Francia y Reino Unido, aborrecía los cosméticos, es por eso que los gobiernos de estos países motivaban a las mujeres para que en ese momento, más que siempre, se arreglaran y se vieran lo más glamurosas posibles. Era una forma de mostrarle tanto a Hitler como al mundo que no estaban tan mal y que seguirían haciendo todo hasta derrotarlo. Al comenzar la guerra, las mujeres siguieron comprando maquillaje, adquirían los de los empaques patrióticos que las hacían sentir aún mejor. Cuando estos se acabaron y ya no se producían más productos de belleza, las señoras y las señoritas sacaron toda su recursividad a flote, sabían que descuidar su físico no era una opción, entonces, empezaron a encontrarle nuevos usos a todo lo que tenían a su alrededor.


La remolacha ya no sólo les subía los niveles de hierro, también aumentaba su autoestima y les pintaba los labios del natural rojo que Elizabeth Arden hizo famoso. El té además de calmarles los nervios aumentados por la incertidumbre de la época, las ayudaba a fingir que tenían medias puestas. El horno, cocinaba sus deliciosas tortas, al mismo tiempo que les secaba y encrespaba el pelo. Y los abrecartas, luego de darles esperanza e ilusión al revelar las cortas palabras de sus esposos, les servía como cuchilla de afeitar, acompañada de la mantequilla para prevenir una cortada en su tan cuidado rostro.

Los soldados sospechaban todos los esfuerzos que sus adoradas mujeres tenían que hacer en su ausencia, sabían que además de reemplazarlos debían seguir siendo mujeres y cumplir con los deberes de ambos. Es por eso, que al regresar de la guerra lo primero que hicieron fue una fila muy larga para, en la forma de un perfume, darles las gracias a sus amadas por su importante labor, y así seguir alimentando lo que ni siquiera en tiempos de guerra podían perder, su vanidad.


 
 
 

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